Visita relámpago al Parador de Alarcón (Cuenca)

Como sabéis, somos bastante fans de la cadena Paradores, y aprovechando la excusa de San Valentín, nos hemos hecho una escapada a Cuenca, durmiendo el viernes en el Parador de Alarcón, en el Castillo del Marqués de Villena.

Se trata de una fortaleza del siglo VIII a orillas del Júcar, que ha pasado desde el Medievo por un montón de asedios y revueltas, hasta que por caprichos del destino, acabó convertido en hotel de la cadena Paradores. Remodelado completamente en 2003, se combina lo nuevo con lo tradicional dentro de sus muros.

Sin embargo, a pesar de su monumentalidad, no hay gran cosa que visitar dentro, a excepción de sus murallas almenadas, y su hermosa torre del homenaje. Las estancias son más bien escasas; sólo hay habitaciones, el restaurante, la cafetería y la recepción.

No hay salones, bibliotecas, ni otro tipo de salas con pinturas o tapices, como suele haber en los hoteles-castillo. Es una fortaleza muy pequeña, y no hay sitio para practicamente nada. De hecho, nos costó mucho trabajo conseguir una reserva porque el hotel dispone tan sólo de 14 habitaciones.

Desde las almenas, si miramos hacia el interior vemos un patio de planta triangular desde el que se accede a las habitaciones, al restaurante y a la recepción. Es necesario cruzar el patio para ir de un sitio a otro, lo que en estas fechas frías, resulta incómodo. Además, no hay baños en el restaurante, sino que hay que salir al patio para acceder al aseo. En fin.

Desde allí se ve también el acceso a las habitaciones de la galería, donde nos alojamos, que son la mitad, ya que la otra mitad están en la propia torre del homenaje, coronada por una suite para bolsillos privilegiados.

La habitación que nos asignaron (en un extremo, como siempre que decimos que vamos con niña) era bastante modesta y no excesivamente grande. Un par de camas, más la supletoria de la niña, el baño bastante chulo y eso sí, una excepcional vista a través de las ventanas.

Desde nuestra ventana se podía ver un magnífico paisaje, en el que podíamos observar diversas fortificaciones, el río Júcar, y una bonita presa. La mañana del sábado amaneció con niebla, y la vista desde la ventana era preciosa.

La habitación era muy tranquila, sin ruidos de ningún tipo, ya que estábamos en plena naturaleza, en el extremo opuesto al pueblo, dando directamente al campo. Además, el que hubiera pocos huéspedes ayudaba a mantener el nivel de ruido bajo.

Las vistas de los paisajes, tanto desde la habitación como desde las almenas es a  mi juicio, lo más destacable del Parador. Ni los servicios, ni las instalaciones, ni la gastronomía brillaron con luz propia, pero el paisaje era el verdadero protagonista. Mirases en la dirección que mirases, había algo bello que contemplar.

La gastronomía fue lo más decepcionante, sin duda. Practicamente siempre que comemos en paradores (a excepción del de Oropesa), lo hacemos exquisitamente bien. Sin embargo, aquí pinchamos bastante.

De primero pedí gachas sin dudarlo, ya que lo mío con este plato es pasión lujuriosa. No estaban tan buenas como las que hago yo (of course), pero fueron muy aceptables. Lamentablemente, fue lo único que nos gustó. Mi mujer escogió arroz meloso, y le resultó insípido en exceso, además de frío.

De segundo pensé que iría sobre seguro eligiendo chicha, así que me decidí por un plato de “cochidero”, es decir, un dúo de cochinillo y cordero asado, acompañado de patatas panaderas. No se puede decir que estuviera malo, la verdad, pero me dejó un poco frío, sobre todo el cochinillo.

Ella se decantó por el pescado, así que pidió dorada al horno. No le gustó nada, y acabó casi toda en el plato. Estabamos ya bastante decepcionados con la cena, pero es que encima al pedir la cuenta nos dieron una sablazo importante porque, sin darnos cuenta, uno de los platos que habíamos pedido no formaba parte del menú, y tuvimos que pagar la cena a precio de carta.

La enana dijo que quería pizza, así que pedimos un menú infantil de pasta que incluía una coca de jamón y queso, pero la mitad se quedó sin tocar. Pensamos que estaría desganada y por eso la dejaba, y entre mi mujer y yo nos la acabamos, y constatamos que también estaba bastante mala, con la masa un poco cruda.

El desayuno al día siguiente nos gustó mucho más. Todo estaba muy rico, tanto la bollería como los embutidos y platos calientes. El único pero que le ponemos es que, al ser tan pocos comensales por las pocas habitaciones del hotel, en lugar de tener un buffet expuesto donde servirte, tenías que pedirle los platos a la camarera, haciendo que te cortases más a la hora de probar cosas. Además, el restaurante estaba siendo atendido por una sóla camarera, y no estaba tan pendiente como debiera porque no daba abasto a servir a todas las mesas.

Bueno, la experiencia no fue tan buena como deseamos, pero no importa, seguimos inasequibles al desaliento, y volveremos a Paradores para quitarnos el regusto amargo de Alarcón. ¿Cual será el próximo?. Chi lo sa…

Al día siguiente nos fuimos a Cuenca, y desde allí visitamos la Ciudad Encantada. Pero esa ya es otra historia, que os contaremos en otro momento.

Nuestra rana, Catalina, custodiando la llave de la habitación.

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5 pensamientos en “Visita relámpago al Parador de Alarcón (Cuenca)

  1. Yo lo celebro todo, San Valentín, Navidad, la Constitución, el día del Trabajo, los Reyes… Cualquier excusa para hacer algo fuera de la rutina es buena. Y si implica comidas especiales, regalos y no currar, ya es la leche. Si por mi fuera, celebraría también el Ramadán, el Hanukkah y el Bar Mitzvah.

  2. Espero que el precio del Parador esté en consonancia con el servicio y las instalaciones. Cuando hablamos de Paradores, parece que son palabras mayores y, en ocasiones, lo único grande es el agujero que te dejan en el bolsillo.
    Por de pronto,¡parece que la comida ya estaba sobretasada 😐
    Lo bueno de estas cosas es que, ya sólo con salir, siempre lo pasas bien.

  3. El precio del alojamiento era razonable. El de la cena ya es un poco más abultado, sobre todo si al final no es de tu gusto. Si esta misma cena nos hubiera costado 20 ó 25 euros por barba, no hubieramos sido tan “tiquismiquis”.

    Aunque coincido contigo, el salir de casa y romper la rutina siempre compensa. Al día siguiente comimos en un restaurante de Cuenca por 12 euros/pax y tan ricamente. Mi mujer macarrones y lomo a la brasa; yo judías pintas guisadas y chorizo asado. La enana picoteo de todos los platos un poco. Sabes lo que pagas, y ajustas tus gustos sin problemas.

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