Fin de semana en una Cueva Bio-Climática

Este fin de semana nos hemos escapado a una cueva bio climática. Aunque no tengo muy claro que significa exactamente eso, el sitio era muy chulo. Se trata de un hotel rural en un pueblo de Guadalajara, concretamente en Albalate de Zorita, que se llama Hotel las Nubes.

El hotel, aparte de sus habitaciones normales, tiene doce “cuevas”, que son bungalows repartidos por la finca (que es enorme), hechos de adobe y enterrados parcialmente en el suelo, para ser cubiertos posteriormente con tierra y sembrados de vegetación.

Uno de los laterales, además de la puerta de acceso, tiene un ventanal con unas vistas espectaculares, con un laminado central que te permite ver el exterior perfectamente, y sin embargo, mantiene tu privacidad en el interior.

La habitación-cueva es enorme, y a pesar de estar etiquetada como “rural”, está equipada con todo tipo de comodidades, como bañera de hidromasaje, minibar, internet, aire acondicionado, cama king-size, porche con tumbonas, etc.

La decoración es completamente minimalista. Destaca por encima de todo el encalado blanco de las paredes, que no tienen ni un sólo adorno, y los muebles hechos de obra integrados en la misma arquitectura de la cueva.

Desde luego hemos estado muy a gusto en nuestra cueva, y hemos podido relajarnos en un entorno natural inmejorable, pudiendo ver el atardecer perfectamente desde la cama, la bañera o en las tumbonas del porche.

El mobiliario, aunque espartano en lo decorativo, era perfectamemte funcional y cómodo. No faltó ni siquiera la cama auxiliar para la peque, aunque como la cama era de dos por dos, hubiéramos podido dormir juntos los tres, y un par de enanos más…

Aparte de nuestra habitación, la finca era enorme, y contaba con un montón de espacios para disfrutar del deporte y la naturaleza, además de mostrar el medio rural a los pequeños.

Pudimos ver el huerto ecológico o el corral de las gallinas, cuyos huevos se comió mi retoña, y doy fé de que eran distintos a los que compro yo en el hiper. ¡Menudo par de huevos!

En cuanto a las zonas comunes, el sitio estaba bien provisto. El comedor, que servía tanto para las comidas y cenas como para los desayunos, era pequeño pero acogedor, y la comida, si bien no fue muy variada, era abundante y muy rica. Además, el hotel cuenta con un salón presidido por una enorme chimenea (que no usamos, naturalmente), y un bar en el que te servías tu mismo.

Funcionaba como el minibar de la habitación. Allí había un tarjeta con tu número de habitación, y apuntabas lo que te ibas tomando. El “sirvase-usted-mismo” llegaba a tal punto, que había un equipo de música y unos cedés para que el personal pusiera lo que le apeteciese. Hasta había una guitarra para el que se arrancase a rascar las cuerdas.

Para desayunar nos pusieron café y zumo de naranja natural, más un plato de lacón, y un montón de tostadas de pan de pueblo, para prepararlas con mermelada y mantequilla, o aceite y tumaca, terminando con una selección de fruta del tiempo. No es un bufet especialmente bien surtido, pero desde luego no nos fuimos con hambre.

En la comida tampoco había demasiado para elegir, ya que los huéspedes no erán muchos y no justificaban una carta repleta de platos. Un par de primeros y otro de segundos, aunque sin embargo nos hicieron alguna cosa fuera de carta, como unos huevos de corral para la enana o una ensalada para mí.

Donde sin duda tenía el plato fuerte el hotel fue en el ocio. No paramos ni un momento libre, y estuvimos haciendo todo tipo de actividades lúdico-deportivas. Todas las actividades de que disponía el hotel, que eran muchas, estaban incluídas en el precio del alojamiento, así que podías disponer libremente de todas ellas cuando te apeteciese.

Así, la enana me pegó una paliza en la mesa de ping pong por ejemplo. No es me que ganase, sino que me tuvo recogiendo las pelotas de un lado a otro continuamente. Acabé reventado de correr y agacharme.

En la planta superior del salón, había una completa sala de juego, con mesas para jugar a las cartas, una selección de juegos de mesa (Monopoly, Pictionary, Parchís y demás), y una imponente mesa de billar francés, que me entretuvo intentando hacer carambolas un buen rato.

El hotel cuenta con una piscina bastante grande, a la que sacamos buen partido, ya que todos los ratitos muertos acababan en chapuzón. Podíamos hasta usar la sauna del hotel, pero la verdad es que con el tiempo que hacía, no apeteció mucho.

A pesar del frenesí de actividades, encontré algún tiempo para mis actividades bibliófilas, sumergiéndome en algunos momentos de lectura relajante.

También pudimos probar nuestra puntería con las dianas y las botellas del campo de tiro con arco. Existía también la posibilidad de tirar con carabinas de aire comprimido, pero o no las encontramos, o estaban ocupadas, así que estuvimos imitando a Robin Hood contra los blancos.

Dentro de las actividades propuestas, teníamos hasta un picadero cercano que nos ofrecía rutas a caballo incluídas en el precio del alojamiento, así que nos fuimos a dar un paseo a lomos de los rocines el domingo después del desayuno.

El hotel también contaba con múltiples bicicletas para recorrer sus largos senderos, así que aprovechamos para ganar algo de tiempo sobre dos ruedas, y evitar las largas caminatas de un sitio a otro, que el senderismo no es lo nuestro.

Lo hemos pasado muy bien. De hecho mi hija lloró cuando nos vinimos el domingo por la tarde (a mi porque me dió vergüenza, pero ganas no me faltaron). Todo el personal del hotel fue realmente amable, y estuvieron muy pendientes de que todo estuviera a nuestro gusto. Incluso pudimos retrasar la hora de salida hasta las seis de la tarde al comer allí el domingo, para que pudiésemos dormir tranquilamente la siesta. Lo dicho, nuestra estancia en el Hotel Rural las Nubes ha sido todo un placer.

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