Escapada Rural en Alcázar de San Juan

Estatua de Don Quijote en Alcázar de San Juan

Hemos pasado unos días en Alcázar de San Juan, alojados en el Hotel Intur. Mi hija me regaló una escapada rural para el día del padre, y hemos aprovechado la excusa de la Semana Santa para tener un poco de relax y olvidarnos del trabajo y las preocupaciones cotidianas. Escogimos este hotel en Ciudad Real porque estaba muy cerca de las Lagunas de Ruidera y a poca distancia del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel, y además contaba con zona de wellness y spa, así que lo disfrutábamos por partida doble, tanto para hacer un poco de turismo en naturaleza, como para disfrutar del ocio relajado y de la gastronomía manchega.

El destino está escasamente a hora y medio de donde vivimos, así que salimos a media mañana, para llegar un poco antes de mediodía, ver alguna cosa por allí, comer en Alcázar de San Juan y hacer check-in en el hotel justo a la hora de la siesta. Organizamos el itinerario y nos pusimos en marcha.

Una vez llegamos a Alcázar y localizamos el hotel, fuimos a ver unos molinos de viento tradicionales que están a las afueras del pueblo. Son cuatro molinos que están en lo alto de un cerro, y dos de los cuales pueden visitarse por dentro. En ocasiones, nos dijeron, hacen demostraciones en vivo de la molienda, pero desafortunadamente, esta no era una de ellas. No obstante, resulto entretenido e instructivo.

Molinos de viento en Alcázar de San Juan

Como ya se acercaba la hora de la pitanza, regresamos al centro y buscamos dónde comer. Tras un par de vueltas por los restaurantes de la plaza del pueblo, acabamos en la terraza del Restaurante La Mancha, que resultó ser una excelente elección. Comida tradicional en un menú de diez euros que incluía el pan, la bebida, el postre y el café, todo ello servido en terraza. No puede pedirse más.

Yo me decanté por unas gachas manchegas (What else?), con lomo de cerdo a la pimienta de segundo. Mi señora tomó duelos y quebrantos, que resultaron ser huevos revueltos con chorizo, panceta y magro, seguido de mero a la plancha. La pequeña optó por migas, que le encantan, y un escalope de pollo, que acabamos comiendo entre todos. Estuvo todo muy rico.

Gachas manchegas

Una vez recuperadas las fuerzas tras el viaje, y con los estómagos llenos (muy llenos), nos dirigimos al Hotel Intur, donde teníamos reservada una habitación. Tras cumplir con las formalidades en la recepción, dimos una vuelta de rigor por las instalaciones, para ubicar todas las cosas, y tomamos posesión de nuestra habitación.

Allí nos pudimos quitar el polvo del camino, y hacer un breve reposo, pero el ansia de mi hija por bajar a la zona de spa hizo que el reposo fuera más breve de lo que yo necesitaba, pero bueno. Nos vestimos de corto, y nos dirigimos al wellness del hotel.

Fue un acierto, pues la hora hizo que disfrutáramos de la piscina y del jacuzzi en exclusiva durante un buen rato, ya que el resto de los huéspedes estaba sesteando o haciendo una comida tardía. Aparte del gimnasio y de la sauna, que no utilizamos, el spa consistía en una piscina climatizada con dos vasos separados que mantenían las burbujas del jacuzzi aparte de la zona de natación. El sitio era muy relajante y agradable, y pude disfrutar de mi merecido descanso a pesar de la ausencia de siesta en condiciones.

Piscina del spa del Hotel Intur

Hasta que vinieron los monstruos…

Cuando estábamos buscando hotel, nos extrañaba que en la gran mayoría de los sitios no permitieran el acceso de los niños al spa, y no entendíamos bien el porqué. Tras los monstruos lo entendimos perfectamente. Gritos, empujones, chillidos de terror, salpicones, lanzamientos a bomba y todo tipo de lindezas ante la impasible mirada bovina de sus padres, que de cuando en cuando lanzaban un lastimero “niiiiñoooosss…”, pero sin dirigirse a nadie en concreto.

Quince minutos de convivencia fue lo máximo que pudimos aguantar, y eso porque la cortesía me impedía irme nada más entrar ellos en la piscina, pero ganas no me faltaron. Una vez más, debo dar gracias a los dioses por la hija que me ha tocado en el reparto.

Una vez desclorizados y vestidos de nuevo de largo, tomamos en la cafetería la copa de bienvenida que nos ofrecía el hotel, pues cuando llegamos no nos apetecía tomarla recién comidos. Yo tomé un simple refresco, pero mi esposa pidió la especialidad del hotel, un mojito manchego, del que desconocemos su composición, aunque ella que da fe que estaba exquisito.

Mojito manchego

Al atardecer salimos a dar un paseo y a disfrutar de las zonas verdes de Alcázar, y dejar que la enana se desfogase un poco en los parques infantiles, sitio destinado específicamente para que los niños corran, salten y brinquen, ¿entendéis, padres bovinos de los monstruos?

Luego estuvimos terraceando un poco, y en uno de los sitios en los que estuvimos, terminamos cenando. Otro acierto gastronómico, sin duda. El sitio en cuestión se llamaba Cartelera, y deduzco (por las camisetas de los camareros) que pertenece a la franquicia de restaurantes La Mafia.

Si en la comida nos decantamos por lo tradicional, en la cena tiramos del informal fast food; un par de hamburguesas, una pizza y una ración de bravas, más cinco consumiciones y una copa de helado, todo por veinticinco euros. Más que satisfactorio para mi paladar y mi cartera.

De regreso dimos un pequeño paseo para bajar la cena, y nos recogimos en nuestra habitación, a ver una película en la cama antes de dormir. Eso sí, cada uno a los suyo: mi mujer viendo la tele, mi hija con la tablet y yo viendo una serie en el móvil. Somos digitalmente dispersos.

Nos encontramos una sorpresa en la habitación, pues nos habían subido una champanera con una botella de cava y un plato de fruta. A pesar de estar saciados, y con alguna cerveza ya en el cuerpo, no podíamos tener la descortesía con el hotel de dejarnos el regalo sin beber, así que dimos cuenta de media botellita en la cama, por lo que caímos divinamente en los brazos de Morfeo (y un poco en los de Dioniso también, para qué engañarnos).

Cava cortesía del hotel

Al día siguiente, después de un sueño reparador, bajamos al restaurante del hotel a ver lo que el buffet podía ofrecernos… que no era mucho, pero era bastante. Una selección de fiambres, con algunos platos calientes, como tortilla, bacon o salchichas, junto con algunos bollos dulces y un poquito de pan tumaca. Picamos un poco de cada cosa, como se suele hacer en este tipo de sitios, y salimos bastante llenos, ciertamente.

Yo pensaba bajar el desayuno haciendo una siesta temprana, pero mi hija no era de la misma opinión, así que volvimos de nuevo al spa a remojarnos en la piscina y el jacuzzi. De nuevo acertamos con la hora, pues el sitio estaba vacío otra vez. Como teníamos contratado el late check-out, y podíamos estar en el hotel hasta las dos de la tarde, disfrutamos de una buena mañana de relax, solos al principio, y acompañados de gente civilizada (gracias al cielo) más tarde.

Cuando ya nos decidimos al abandonar el hotel, tras dar las gracias al personal de Hotel Intur por todas las atenciones que tuvieron con nosotros, y realizar las operaciones de rigor en recepción, pedimos orientaciones para acercarnos a ver las lagunas.

Lagunas de Alcázar

Pasamos un buen rato en la naturaleza, observando algunas aves acuáticas y llenando nuestros pulmones de aire puro, aprovechando para tomas algunas fotografías del entorno, de la flora y de la fauna. Con todo ello, dimos por concluida nuestra escapada rural, y regresamos a nuestra casa habiendo pasado un fin de semana de turismo en naturaleza (un poco), ocio y relax (un mucho), y gastronomía (bastante).

El balance sin duda ha sido positivo, y tanto el destino como el hotel, me parecen muy recomendables para una escapada relámpago como la nuestra. Si tenéis ocasión, no lo dudéis y acercaros.

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