Hace veinte años quería ser Arqueólogo

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Buscando en una caja de fotos viejas, encontré algunas de mi época de estudiante, cuando participaba en campañas arqueológicas de una punta a otra de la península, y me encontraba bastante cambiado. Eche cuentas y me di de bruces con la cruda realidad: habían pasado ya veinte años desde aquellas fotos. Ya hace veinte años que quería ser arqueólogo.

Mi decisión de estudiar Historia, como casi todo en mi vida, fue meramente pragmática. A diferencia de muchos de mis amigos y compañeros de instituto, que tenían vocaciones desde pequeños. a mi no había ninguna profesión que me entusiasmara. Siempre vi el trabajo como un elemento necesario para sustentarse, no como un fin en si mismo.

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Paco Moreno (UCM), director del yacimiento de Los llanos del Tejar (S.F. Henares)

Esperé a terminar la selectividad para ver qué es lo que mi calificación me permitía estudiar, pues no hay nada más frustrante que desear ser médico (por ejemplo), y que la nota de corte de ingreso a la carrera no te lo permita. Y yo tengo muy poco tolerancia a la frustración.

Con mi resultado selectivo, la nota media de mi bachillerato, y el condicionante de haber escogido letras a los quince años (si no lo tenía claro a los 18, imagínate antes). me puse a ver qué carreras podía cursar. En la Complutense, naturalmente. El resto no las consideraba universidades “de verdad”.

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Consolidando y dibujando una trinchera en Los Llanos del Tejar.

La moda en mi época era estudiar Económicas o Empresariales, que te “garantizaban” un trabajo nada más acabar de estudiar. Lo que tenía muy claro es que con mi escasa capacidad de sacrificio no iba a acabar una carrera que no me gustase un poco, así que a pesar de mi pragmatismo, tuve que descartar las opciones lógicas (acertadamente, visto el paro que tienen ahora esas profesiones. Tomad nota estudiantes de ADE) y centrarme en las que me llamaban la atención.

Dos fueron las escogidas, en base a mis gustos, preferencias, y a lo bien que se me daban las materias en el instituto: Filología Francesa e Historia. Ambas con una tasa de paro muy elevada; excelente. Hice de tripas corazón y me dije que para trabajar en algo que no me gustara ya habría tiempo, y que no era necesario también estudiar algo que no me gustara, así que tomé mi decisión.

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Trinchera en la zona romana de Los Llanos del Tejar.

Descarté la filología porque la veía muy abocada a la docencia, y eso era algo que no me atraía demasiado (fíjate que ironía). Historia, a pesar de su carácter académico, abría la posibilidad a la investigación, que me resultaba más atractiva.

Comencé a estudiar Historia en 1993, y rápido me di cuenta que lo que me gustaba era la historia de la antigüedad, especialmente la prehistoria, así que comencé a especializarme en ese área. Inequívocamente, si querías trabajar en investigación en prehistoria e historia antigua, tenías que pasar por las excavaciones arqueológicas, así que allí estaba yo en 1994 enfrentándome a mi primer yacimiento.

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Leslie Freeman (U. Chicago), director del yacimiento de El Juyo (Santander)

Parece que fue ayer (al menos a mí), pero 1994 queda ya bastante lejano. En aquel año se alzaba en Chiapas el Ejército Zapatista dirigido por el Subcomandante Marcos, desaparecía Ylenia, la hija de Al Bano y Romina Power, ETA mataba a tiros al coronel García Campos, Laura Pausini gana el festival de San Remo, nace la Europa de los 15, Nicolás Redondo deja la dirección de la UGT, se estrena La Lista de Schindler, Luis Roldán se da a la fuga, muere en un accidente Ayrton Senna, Maradona es expulsado del mundial de USA por dar positivo en un control anti-dopping, Sony lanza la consola PlayStation, Boris Yeltsin invade Chechenia, nacen Dakota Fanning y Justin Bieber y mueren Bukowski, Nixon, Kurt Kovain y Fernando Rey.

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Zona de clasificación de materiales en la salida de la cueva de El Juyo.

Comencé mi andadura arqueológica en San Fernando de Henares, cerca de casa. De hecho los fines de semana me iba a dormir a casa, como cuando te daban permiso en la mili. Incluso alguno que vivía algo más carca que yo se iba a dormir a diario. Pase pernocta.

La excavación de Los llanos del Tejar era un  yacimiento grande, en una llanura castigada por el sol. Mucho calor y cansancio. Teníamos estratos romanos e ibéricos, e incluso encontramos restos fenicios. Cerámica de retícula bruñida, que según su director, Francisco José Moreno Arrastio, del dpto. de Historia Antigua de la Universidad Complutense, era una evidencia de la presencia de Tartessos muy al norte de la península.

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Lascas de silex y restos óseos secándose tras su lavado, en El Juyo.

Me llamó mucho la atención la poca delicadeza que se tenía al excavar allí. Pico, pala, carretilla y tamiz. Se bajaban dos metros en un día. Incluso en una zona se llamó a una excavadora para que abriera una trinchera y luego tuvimos que cribar en un cedazo la montaña de escombros. No sé si se trabajaba de ese modo porque era romano (la explicación que nos daban), o porque a los estudiantes de los primeros cursos nos daban los trabajos menos delicados.

La experiencia fue bastante mala, porque me pareció que para pasarme el verano picando zanjas bajo un sol abrasador, más me convenía irme a la obra o al campo y que me pagaran por ello. Afortunadamente continué excavando, y la cosa mejoró en otros yacimientos.

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Susana Correia (U. Coimbra), dir. del yacimiento de Cabeço de Azurria (Évora)

Al año siguiente tuve la oportunidad de excavar con dos mitos vivientes de la arqueología Joaquin González Echegaray y Leslie Gordon Freeman, en el yacimiento paleolítico de la cueva de El Juyo, en Santander, a poco kilómetros de la cueva de Altamira.

La excavación estaba organizada por el IPI (Institute for Prehistoric Investigations) y la Universidad de Chicago, y sólo había dos estudiantes españoles (creo que por convenio), uno era yo, y otro un catalán de la Universitat Rovira i Virgili. Todo un privilegio. Sólo dos plazas, al lado de Altamira, en un proyecto internacional y con dos figuras mundiales al mando. La experiencia cambió por completo mi punto de vista sobre la Arqueología.

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Para llegar a Cabeço de Azurría había que hacerlo en todo-terreno.

Para empezar, la metodología que seguíamos era mucho más disciplinada, bajando escasamente un centímetro diario. Está claro que paleolítico superior no es lo mismo que romano, pero… Además, se notaba mucho la intención pedagógica de los directores. No éramos mano de obra, éramos estudiantes que teníamos que aprender. Luego el integrarnos en un equipo internacional, hablando inglés como lengua oficial, me dio una experiencia de inmersión lingüística muy valiosa, aunque estuviéramos en Cantabria.

Tanto me gusto la experiencia de El Juyo, que repetí al año siguiente. Tuve la suerte de que me aceptaran de nuevo como uno de los dos españoles de la excavación, en esta ocasión con mi amigo y compañero de alma mater Santiago Martínez. Montados en su Tata Telcosport todo terreno surcamos los campos cántabros y lo pasamos en grande. Yo ya no volví en más campañas a El Juyo, pero Santi lo hizo en una o dos ocasiones más, creo.

Excavando en las cuadrículas de Cabeço de Azurria.

Tras El Juyo, y dado que la experiencia internacional de trabajar con gente de otros países me gustó, crucé la frontera y colaboré en un proyecto arqueológico con la Universidad de Coimbra, bajo la dirección de Susana Correia, excavando un yacimiento calcolítico en Évora, en la “zona extremeña” de Portugal.

Nuevos métodos, nueva gente, un ambiente muy divertido y recuerdos entrañables. Recuerdo que viniendo de la metodología estricta de El Juyo, y de las lecciones magistrales de Freeman y Echegaray, todo lo que hicimos en Portugal me pareció caótico. Gente fumando dentro del yacimiento, descontrol por todas partes, música a todo trapo, y mucho alcohol.

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Jacinta Bujallocid (IPPAR), directora del yacimiento de Formiga (Évora)

El alojamiento era muy tercermundista, pero cuando tienes veinte años te da todo igual. Recuerdo que dormíamos en “a casa do povo“, que debía de ser algún tipo de dependencia municipal (centro cultural o juvenil), y en un salón enorme tendíamos los sacos de dormir. Nos duchábamos en un gimnasio municipal, y comíamos en un bar al lado, a base de bocatas de “presunto” (jamoncito para los castellanohablantes) y bacalao a la dorada. Y mucha “cerveja y vinho”.

Estando en Portugal surgió la ocasión de ir a un yacimiento de urgencia cerca, pues un agricultos había sacado restos romanos mientras araba el campo y era necesario ir a investigar. El IPPAR (Instituto Português do Património Arquitectónico e Arqueológico) busco voluntarios entre las excavaciones de la zona, y un grupo de arqueólogos nos pusimos bajo las ordenes de Jacinta Bujallocid y de Antonio Pestana de Vasconcelos, y nos fuimos al yacimiento de Formiga.

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Realizando los planos topográficos del yacimiento de Formiga.

No encontramos grandes cosas… un par de puntas de lanzas metálicas y algunos restos cerámicos, pero era un trámite que había que cubrir. Trabajábamos en ambos yacimientos portugueses, y seguíamos viviendo todos juntos. Cada mañana iba un grupo a un sitio, y el otro al otro yacimiento. Fue una experiencia interesante conocer como se hacía una intervención de urgencia, en lugar de yacimientos consolidados y dedicados al estudio.

Por cierto, que lo de que en Portugal te entienden todos y se entiende a todo el mundo, ya descubrí hace veinte años que era un mito. Yo esperaba encontrarme a gente hablando con acento gallego, y una leche. No se entendía nada de nada. Tras un par de meses cohabitando con ellos, ya sabía decir “obrigado” y “mais cerveja”, al menos.

No son agricultores, son arqueólogos excavando en Formiga.

Tras aquellos años iniciales continué excavando un poco, pero mis derroteros académicos me llevaron por otro sitio, ya que surgió la posibilidad de hacer el doctorado en otra especialidad en lugar de Prehistoria o Historia Antigua, y me decidí por Ciencias y Técnicas Historiográficas, concretamente por el área de Numismática. Aunque finalmente mi rumbo profesional giró y se encaminó al incipiente mundo de la web, que en aquellos años necesitaba de muchos profesionales. Gracias a la formación ocupacional pude dirigir mi profesión a ese campo, en el que llevo trabajando ya quince años, diez de ellos en el ámbito de la formación.

¿Que hubiera sido de mi vida si hubiera continuado en Arqueología?. ¡Quien sabe!. Quizá estaría dirigiendo campañas arqueológicas por los campos de España, presentando un programa divulgativo en Discovery Channel, enseñando Historia en un instituto, o engrosando las colas del INEM. What if…?

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6 pensamientos en “Hace veinte años quería ser Arqueólogo

  1. César, me ha encantado el artículo autobiográfico sobre las excavaciones y tu pasión por la Prehistoria y la Arqueología. Cómo recuerdo aquéllas aventuras en el Tata recorriendo los polígonos de Santander buscando cajas para las muestras y llevarlas a Altamira,ja,ja.
    Sigues siendo la única persona de la historia que ha fumado en alguno de mis coches 😉
    Una pena lo de Les y Joaquín, pero es que ya era muy mayores por otra parte.
    Ya te contaré un par de anécdotas alucinantes de Les y de Joaquín, una que me contó Heather -y luego yo pude comprobar- y otra que viví con estos dos adorables locos por la Prehistoria y por el arte rupestre del paleolítico en particular. Pero eso merece unas cervezas bien fresquitas.
    Un abrazo fuerte.

  2. Lo que se perdio en la eleccion fue un premio planeta. Esa fluidez de palabra recuerda a grandes plumas anonimas de literatura. Ya sabes que prefiero el romanico al paleolitico.(va mas rapido todo). De todas formas esperare el proximo articulo………Espero que sea de alguna escapada rural, como sabes la gastronomia va con nosotros.

    • Lo del premio planeta me interesa, sobre todo por la dotación económica. A ver si hago un compendio de post y me presento para la edición del año que viene.

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