Hace cinco años que nos dejó Doña María

Siempre que un acontecimiento cotidiano coincide con un evento histórico significativo, se produce una relación por la cual nuestra mente establece una asociación permanente. En mi caso siempre recordaré la fecha en la que falleció María Ruiz Trapero por el intento de golpe de estado fallido que dió Tejero 32 años antes. Seguro que el coronel de la Guardia Civil no podía imaginar que su infame acto se relacionaría de modo alguno con el deceso de una de las mejores personas que he conocido, Doña María.

Dª María Ruíz Trapero

Doña María, como la solíamos llamar respetuosamente sus alumnos, fue mi mentora en la universidad, guiándome a través de mis estudios doctorales, durante el tiempo que duraron estos. Gran profesora, enorme académica, y excelente persona, siempre estaré agradecido al azar que hizo que mi camino se cruzara con el suyo cuando estudiaba en la Complutense.

Estaba cruzando el ecuador de mi carrera, sin más objetivo que terminarla lo antes posible y encontar un trabajo con el que ganarme el pan después de eso, cuando Doña María apareció en mi camino.

Yo formaba parte de la organización de la UCA, la Unión Cultural Arqueológica, una asociación de estudiantes interesados en la Arqueología, y en aquel momento estabamos planificando unas jornadas sobre Arqueología de la Muerte, en la que invitabamos a ponentes de gran renombre para dar una serie de charlas sobre distintos contenidos temáticos, y me encargaron ponerme en contacto con alguien que hablase sobre inscripciones funerarias.

Hablé con Doña María, a quien conocía de haber sido su alumno de asignaturas de los primeros años de carrera, y se prestó amablemente a hablarnos sobre epigrafía funeraria romana, colaborando con su ponencia al éxito de nuestras jornadas.

Desde entonces nuestra relación fue un poco más cercana, hablando a veces cuando concidíamos en la cafetería de profesores (en la que yo me colaba para evitar las aglomeraciones de la de alumnos), e insistía en pagar siempre el desayuno (“hay que alimentar las mentes, César, pero también los cuerpos“).

Poco a poco fuimos coincidiendo cada vez en más asignaturas, y hablando cuando tomábamos café, hasta que un día me dijo, “¿Has pensado en hacer el doctorado?“. Yo en aquella época estaba especializándome en Prehistoria, y ni de broma había pensado en doctorarme, ya que me parecía que esos estudios eran solo para gente especialmente brillante, con un expediente académico impecable, y que ya habían empezado a “seguir” a algún profesor que le fuera dirigiendo el camino hacía la tesis, y yo no tenía ningún trato con los profesores del departamento de Prehistoria, y así se lo dije. A lo que respondió, “no me refiero a Prehistoria, sino a Ciencias y Técnicas Hitoriográficas, para hacer la tesis conmigo“.

Después de shock inicial, evidentemente le dije que sí. Se abría ante mi un camino interesante y con el que no contaba. Y no solo me admitian en los estudios de doctorado, sino que lo hacía de la mano de la Catedrática del Departamento, una leyenda viva de la Universidad.

No voy a hacer una glosa de su carrera. Ya lo hiceron en el aniversario de su fallecimiento de un modo muy elegante otros dos de sus discípulos, Javier de Santiago y Chema Olmos, en su artículo “María Ruíz Trapero, Carissima Magistra. In Memoriam“. Yo simplemente quería acordarme de ella hoy que hace cinco años que se nos fue.

Siempre fue buena con todo el mundo. Defendía a sus discípulos como una leona a sus cachorros. Intentó allanarnos el camino todo lo posible a sus estudiantes. Luchó por la Universidad que amaba por encima de todo.

Doña María, querida maestra, que la tierra te sea leve.

D.MARIA · CARA MAGISTRA · S.T.T.L


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